jueves 22 de mayo de 2008

25. LOS DUELISTAS



Al volver del cine me encontré a un escritor esperando en un parque bajo la lluvia. El cuello del abrigo le cubría la mitad del rostro. Resultó ser Javier Marías. Después surgieron las preguntas inevitables. Qué hacia allí y a qué o a quién aguardaba. Ante un semáforo fui desechando hipótesis hasta quedarme sólo con una: esperaba para batirse en duelo. Cuando se puso en verde yo seguía sin saber con quién mide su valía un escritor. Al reanudar la marcha la respuesta se me antojó obvia, así que elegí a Enrique Vila-Matas. Pero Marías seguía en el parque y cada vez llovía de manera más intensa. Supuse que se estaría preguntando, impaciente, por qué no aparecía de una vez su contrincante.

Esa tarde y la noche anterior había estado leyendo El viento ligero en Parma (Sexto Piso, 2008). No es un libro de cuentos ni tampoco un ensayo, entonces ¿qué demonios es? En ese instante de certeza al que el lector se enfrenta al volver las páginas de un libro me di cuenta de que era, sin más, un pedazo de Vila-Matas. Un trozo de la vida de un escritor genial que ha decidido desvanecerse mediante una sutil disgregación. Algún día, me dije, el Vila-Matas de carne y hueso se esfumará y sus lectores no terminaremos de tener por cierta la fatal noticia. Sólo cuando tras un año o dos veamos que no llega un nuevo Vila-Matas portátil a la mesa de novedades vacilaremos en nuestra convicción.

Pero volvamos al duelo. Hacía frío y según me iba aproximando al portal me imaginé que Javier Marías ya debía de estarse riendo. A esas alturas los dos sabíamos que su oponente no aparecería esa noche ni nunca. Yo no tenía todavía claro a quién se podía dar por vencedor. Estaba seguro de que el escritor madrileño rehusaría considerarse como tal sin haber desenvainado su espada. La desaparición de Vila-Matas, aunque esperable, tampoco pasaba en el mejor de los casos de victoria pírrica. Ya s
entado en mi sillón favorito abrí el libro que estaba leyendo. Sólo entonces tuve claro quién había sido la triunfadora en la improbable justa que nadie había llegado a presenciar.



fotografía de Jean-Luc Bertini.

domingo 11 de mayo de 2008

24. INSTANTÁNEAS (2)


I.

Uno hace planes para el verano como si la vida tuviese una trama y quien la padece, o disfruta, estuviese llamado a escribirla y no todo fuese, apenas, una partida de parchís.


II.

He pensado en viajar a un lugar que tengo pendiente desde hace algún tiempo. A 2666.

III.

En los cuentos y en las novelas de Bolaño todo parece estar regido por el azar. Como en las de Paul Auster o en los guiones de Guillermo Arriaga o en la reciente Al otro lado. Resulta inquietante.

IV.

Hay libros que están ahí para no ser leídos, al menos, por algunos lectores. Igual que hay otros que sólo existen para no ser escritos. Y también películas que sólo encuentran su razón como proyectos imposibles.

V.

Si el azar lo permite este verano también estaría bien poder escuchar en directo a Tom Waits. ¿Dónde?.

VI.

Me reconforta pensar que si todo es azar no hay lugar para la culpa.

VII.

Francis Scott Fitzgerald ya lo sabía. Por eso sobre su tumba se puede leer: Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado. Claro que Tom Waits seguramente preferiría el que dejó escrito el propio Fitzgerald: Estuve borracho muchos años, después me morí. Pero a los muertos y a los borrachos casi nunca se les respetan sus deseos.

sábado 3 de mayo de 2008

23. AL OTRO LADO (Fatih Akin)


Esta nueva película de Fatih Akin (Contra la pared) es excelente, y de lo mejor que se ha estrenado en cine en los últimos meses. El director alemán va tejiendo una historia sobre el desarraigo a partir de pequeños destellos de la vida de personas que, de una u otro forma, se ven obligadas a vivir fuera de sus países de origen, ya sean estos Turquía o Alemania. Es, además, un mosaico de personajes de los que casi nunca sabemos si persiguen o, simplemente, huyen de algo o de alguien. Todas las historias están unidas por los caprichosos y, a veces, crueles designios del azar, y por el empeño del director y también guionista en mostrar las dificultades de comunicación entre padres e hijos que, aquí, se mueven entre el silencio, el odio o la indiferencia.

Tiene ritmo y transmite veracidad y tensión con un magnífico guión que hace fluir, en todo momento, una narración fragmentada que recuerda, en su propuesta, a otra soberbia película como Babel. El director sabe componer hermosos planos y narrar con silencios. Y eso se agradece.

Además, conmueve. Como para no disfrutarla.

Calificación: ****


martes 29 de abril de 2008

22. PARADAS RECIENTES DE ESTE ASCENSOR



Ahí están también la excesiva en metraje, y un tanto deslucida en su desenlace, ELEGY de Isabel Coixet, en la que el estilo de la directora es reconocible por lo artificial y doloroso de las imágenes con las que recrea la novela de ese pope de la literatura norteamericana que es Philip Roth. A pesar de todo, tiene tres o cuatro secuencias memorables y un protagonista (Ben Kingsley) capaz de aguantar lo que le echen, a base de abundante cinismo, a la hora de interpretar a un profesor de literatura enamorado de una jovencita cubana (Penélope Cruz). De todas formas, cuanto más pienso en ella menos me convence, la película claro. (Calificación: ***).


No quiero olvidarme de la mucho más impactante IRINA PALM de Sam Garbaski, con un mito como Mariane Faithfull metida a superabuela al rescate de un nieto enfermo. Todo en un Londres sórdido y repleto de sexo gélido. (Calificación: ***).


Ni, por último, de la maravillosa LA FAMILIA SAVAGES escrita y dirigida por Tamara Jenkins y con los estupendos como siempre, y sin excepción, Philip Seymour Hoffman y Laura Linney, hermanos unidos por un padre anciano que tenían un tanto olvidado. (Calificación: ****).

viernes 18 de abril de 2008

21. TRES PELÍCULAS

Tres estrenos con directores que son también guionistas, con o sin ayuda de terceros y con diferentes resultados.

En la película alemana LOS FALSIFICADORES, de Stefan Ruzowitzky, se nos narra el paso de un falsificador judío por distintos campos de concentración nazis. Destaca el protagonista Kart Markovics y una puesta en escena de tintes expresionistas. El punto de partida es original pero la película cuenta con algunos personajes secundarios demasiado esquemáticos y vuelve sobre demasiadas cuestiones tratadas con mejor fortuna en otras cintas. Con todo ganó el Oscar a la mejor película extranjera. Calificación: ***

LA NOCHE ES NUESTRA es una mezcla bien agitada de cine negro y thriller, ambientado en la ciudad de Nueva York, con dos hermanos enfrentados a ambos lados de la ley. A James Gray sólo se le va la mano en una parte final demasiado acelerada y repleta de giros de guión. Un excelente reparto (Joaquin Phoenix, Robert Duvall…), un par de secuencias en las que la tensión desborda la pantalla y un arranque espectacular la convierten en una opción recomendable. Además, la presentación del personaje de Eva Mendes es de esas que no se olvidan. Calificación: ***

La más floja de la terna es TODOS ESTAMOS INVITADOS. Gutiérrez Aragón construye su película entretejiendo dos historias. Una protagonizada por Oscar Jaenada que da vida a un etarra amnésico y que se mueve entre el mal gusto y el delirio, tanto por su pretendido simbolismo como por su ridículo desenlace. No cabe decir lo mismo de la parte de la narración que José Coronado carga sobre sus hombros: un profesor universitario amenazado por la banda terrorista es el protagonista de un cuento de terror cotidiano. Y da miedo. Calificación: **

domingo 13 de abril de 2008

20. Y LA SEÑORA HIPP NO VOLVIÓ A TOCAR



Alemania vio crecer a Jutta Hipp con unas dotes como pianista de jazz de las que no habríamos tenido noticia si, a mediados de los cincuenta, el crítico Leonard Feather no la hubiese escuchado, en un pequeño club, durante un viaje por Europa. Tras las bondades que de ella se dijeron, Jutta dio el salto a Nueva York, donde su carrera discográfica duró apenas un año.

Grabó tres discos para el sello Blue Note. El último llevó por título Jutta Hipp with Zoot Sims. En una formación de quinteto el saxofonista tenor puso las mejores notas y la pianista la leyenda. Además, un tal Jerry Lloyd entregó algunos de los solos más pobres que le he escuchado a un trompetista. La música de la pianista es enigmática y repleta de silencios entre los que se adivina la huella de Monk y de Tristano. Es otro ejemplo más de un disco en el que su historia es, al menos, tan hermosa como la música que contiene.

Después de ese registro Jutta Hipp no volvió a grabar. Tras estar algunos meses de gira, dejó de tocar el piano y desapareció por completo de la vida pública. Entretanto Blue Note siguió haciendo caja con sus grabaciones, piezas cada vez más codiciadas según la leyenda de la pianista en fuga iba creciendo. En 2001, dos años antes de su muerte, por mediación de otro músico, Lee Konitz, la discográfica la localizó en el apartamento de Queens en el que vivía sola y dedicada a la pintura. Durante treinta y cinco años, sus manos habían cambiado las teclas blancas y negras del piano por los pinceles y por la máquina de coser de una fábrica textil.

Hasta su domicilio llegaron dos representantes de la compañía. Pretendían hacerle entrega de un cheque de 40.000 dólares en concepto de royalties atrasados. Al parecer, Jutta Hipp les mostró entusiasmada sus cuadros pero no quiso ni oír hablar de música. Desconozco si llegó a aceptar el cheque.


-Jutta Hipp with Zoots Sims ha sido reeditado por Blue Note en 2008.

domingo 6 de abril de 2008

19. KEITH & IAN


El menú podría haber tenido otras combinaciones pero, en cierta manera, se trataba de que no resultase indigesto. El innecesario experimento es el siguiente: someterme a una ración cuádruple de recientes películas sobre músicos y música que no venero (pero disfruto) y recoger las impresiones y emociones que me provocan, así como cualquier otra cuestión que pueda surgir. Esta es la primera parte.


SHINE A LIGHT (Martin Scorsese, 2007) es el documento visual, y sonoro, de la actuación de los Rolling Stones en el Beacon Theater de Nueva York durante su gira de 2006. Dirigiendo quien dirige no se puede decir que sorprenda el cuidado acabado formal. En tal sentido, debería de tenerse en cuenta que quienes lo escoltan como directores de fotografía u operadores de cámara son puro caviar (Robert Richardson, Robert Elswit, E. Lubezki...).

Podría discutirse, no obstante, la conveniencia de mantener en el montaje final algunas imágenes (la familia de Bill Clinton chupando cámara o un neurótico Scorsese antes del comienzo del concierto) o, incluso, la razón de ser de la propia película. Los dos aspectos pueden merecer una misma respuesta. Lo que parece preocupar al director de Shine a light es dar fe de la fidelidad de unos músicos a unas ideas y mostrar que, en ocasiones, resistirse a cambiar no es una forma conservadora de ver la vida sino un acto de rebeldía. Viendo la película uno tiene la impresión de que el trecho que, en más de cuarenta años, han recorrido los Rolling Stones es mucho menos que el trayecto hecho por su público. Ellos siguen haciendo lo que saben y que sean el resto quienes den explicaciones.

Por cierto, hay varios momentos memorables servidos por la mirada atenta del director. Me quedo con dos: la manera en que un entrañable Keith Richards da las gracias al público después de haberse atrevido a cantar y la enigmática mirada de Buddy Guy, con mucho el que más aporta de los tres artistas invitados.

Calificación: ***

-Shine a light en Tribeca sessions




CONTROL (A. Corbijn, 2007) es un sorprendente biopic (pendiente de estreno en España) de Ian Curtis, el malogrado líder de la banda británica Joy Division. Basada en la biografía que escribió su viuda, deja en su arranque un cierto aroma a adolescencia trasnochada. Sin embargo, el director logra justificar la película con una narración concisa y un sentido del ritmo que se ajusta perfectamente a la historia. La fórmula: secuencias cortas, diálogos ágiles y un acertado empleo de los silencios.

Por otro lado, el debutante Anton Corbijn es un reputado fotógrafo y conoce pefectamente la capacidad evocadora de una imagen. Así que no es de extrañar la facilidad con que se sirve de un poster de Lou Reed, un disco de Bowie o Iggy Pop, o una novela de J.G. Ballard, para ir construyendo la fotografía emocional de su retratado. Por lo demás, es loable la interpretación de Sam Riley capaz de trasladarnos el desasosiego que se apoderaba de Ian Curtis cuando se subía a un escenario.

Un último acierto es la contención del elemento dramático que late bajo la historia. La película nos descubre así que puede haber algo todavía más triste que un joven de veintitrés años que decide salirse del encuadre. Pero eso, si les apetece, les toca descubrirlo a ustedes.

Calificación: ****

-Control en Tribeca Sessions

domingo 30 de marzo de 2008

18. LA MÚSICA DEL AZAR



En Veneno y sombra y adiós, Javier Marías bautizó como complejo Kennedy-Mansfield al temor a que toda una vida quedé eclipsada por un trágico desenlace. El efecto puede resultar devastador, hasta el punto de que una existencia se reduzca a un mero trámite encaminado a justificar el último acto.

Muchos excelentes músicos de jazz tuvieron un final infausto. Así hubo un tiempo, durante el siglo pasado, en que el jazz sólo parecía cobrar sentido como la efímera letanía que anunciaba la desgracia (Lee Morgan, Albert Ayler, Chet Baker, Scott LaFaro, Clifford Brown...).
Sin embargo, en ninguno de los casos citados, la música fue silenciada por la desdicha. Distinto fue lo que ocurrió con Joe Maini. El 7 de mayo de 1964 se olvidó de que existía otro ingrediente, además del jazz, capaz de fosilizar un instante. Ese día cambio su saxo alto por un revólver para entretenerse jugando a la ruleta rusa. Tenía 34 años y el azar no le sonrió. La bala debería haber llevado grabadas dos palabras: Kennedy-Mansfield.


Joe Maini, The small group recordings (4 cds) ha sido editado por LoneHill Jazz en 2008.

domingo 23 de marzo de 2008

Cine 2008. MY BLUEBERRY NIGHTS (Wong Kar Wai)




La última película del más sublime esteta del celuloide moderno confirma, con creces, su talento. My blueberry nights (aún pendiente de estreno) no es una obra maestra pero, con seguridad, es una película en la que no me importaría quedarme a vivir.

Porque esta delicia te invita a sentarte en la barra de cualquier bar a ver pasar la vida, a hablar, a escribir, a reventar comiendo tartas olvidadas, a hacer el amor con tu chica o con tu chico, a perderte en una carretera con destino a cualquier lugar, a correr, a vivir de noche, a rescatar a almas al borde del desahucio, a saltar, a reír, a masturbarte, a llamar a un amigo de quien hace tiempo que no te acuerdas, a recordar la primera (y única) vez en que saboreaste con los ojos la sonrisa de Norah Jones, a esculpirte un oído para no dejar de escuchar a Cassandra Wilson cantando Harvest Moon, a tomar un poco más de pastel de arándanos, a hacerle otra vez el amor a tu chica/o, a hacer rabiar a tu gato, a volver a confiar en que los superhéroes existen aunque sea apoyados sobre la barra de cualquier bar…

Lo asombroso es que todo eso lo logra Wong Kar Wai con varias historias ensambladas alrededor del viaje que emprende Elizabeth (Norah Jones), tras conversar con un desconocido (Jude Law). Después, por la pantalla circulan Natalie Portman, Rachel Weisz, David Strathairn o la mismísima Chan Marshall (Cat Power) en un cameo de lujo.

El director dibuja los diversos relatos con un trazo impresionista que le basta para sugerir, e insinuar, sentimientos como si de un Chejov del siglo XXI se tratase. No en todos los intentos bordea la genialidad, pero en cada uno de ellos logra, al menos, capturar un retazo de vida. Es un menú con historias al gusto de casi todos los espectadores posibles, que son casi tantos como las clases de amantes. Las hay románticas e ingenuas, sucias, viscerales y desafortunadas, y hasta estúpidas.

Todo lo muestra el director con una ensalada de colores servida por la fotografía de Darius Khondji, con una exquisita banda sonora y con una elegancia en la mirada capaz de hacer de Las Vegas un lugar hermoso, o de convencernos de que una desolada carretera de América es el lugar más acogedor sobre la tierra. Pero eso son el cine y los sueños: una gran mentira.

Terminado el visionado, no me quedaron dudas de que será de esas películas que dejaré que me salpiquen de forma repetida. No se extrañen si un día abandono a los viajeros del ascensor de cristal y no vuelvo a escribir en este blog. Con seguridad, me podrán encontrar atrapado en los fotogramas de alguna película, al menos tan golosa, como My blueberry nights.



Calificación: ****


sábado 15 de marzo de 2008

17. INSTANTÁNEAS



I

Una de las secciones más interesantes en un periódico es la de necrológicas. Muchos la descuidan y hasta se atreven a ignorarla. No me sorprende. La mitad del mundo, que puede, vive disimulando. Como si nadie supiera. Confiados en que casi siempre es mejor callar.


II

Vivimos hacia el futuro: “mañana”, “más adelante”, “cuando te labres una posición”, “con los años lo entenderás”, escribió Camus. Lo hizo en el libro que leía Laurent, el adolescente incestuoso de Un soplo en el corazón. Era su forma de entretenerse cuando no escuchaba discos de Charlie Parker. Para aprender ya tenía(mos) a Tintín.


III

Un remedo de las palabras de Andy Warhol: todo el mundo merecería una necrológica, a dos columnas, en la prensa local. Gloria post morten.


IV

Un cuento que escribí hace algún tiempo arrancaba así: Hasta en la existencia más miserable hay algún acontecimiento extraordinario que no debería ser olvidado. Sin embargo, p
ocos se reflejan en unas gafas de sol. En la imagen que encabeza esta entrada, las babas del diablo se adivinan sobre el rostro de Cortázar. No es una foto del escritor argentino. Es una instantánea (linda palabreja) de Mario Muchnik retratando al fantasma de un cronopio.


V

Si con la muerte arranca el mito, no faltará el espacio (ni la letra impresa). Es de buen gusto.


VI

En 1944, el piloto alemán Horst Rippert le regaló a Saint-Exupéry una leyenda. Disparó con fina puntería contra el Lightning P38 del escritor francés. No sé si con el tiempo transcurrido la víctima debería estar hasta agradecida. Por si acaso, el alemán hace méritos para ganarse el derecho a una necrológica.

miércoles 12 de marzo de 2008

16. NOVELA (S)


El maldito decálogo lo leí, por primera vez, en una cafetería de la Rambla de Cataluña, aún con la resaca auditiva de un formidable concierto de Sonny Rollins. Hace un rato, durante una amena conversación de café, ha vuelto a cobrar vida para terminar emparedado entre apelaciones a la falta de fortuna del Real Madrid en Riazor y la última ¿maravilla? de Wong Kar Wai.

Tal vez, todo se reduzca a que, por fortuna, no hay una sola idea de novela sino muchas. Cada lector tiene sus preferencias y cada escritor intenta imponer las suyas. Seguramente, por eso, el eco de las diez Reglas para la supervivencia de la novela que formuló Vicente Verdú, a finales del año pasado, todavía sigue resonando.

En el citado decálogo está presente una contraposición entre literatura y cine que me parece falaz. “La novela actual -o como quiera llamarse- deberá mostrarse enérgicamente resistente al intento de trasladarla al cine… la literatura hoy más que nunca debería alzarse como intransferible”. Con tales palabras se inicia la enumeración de una serie de dogmas que, supuestamente, blindarían a la literatura frente al acoso del celuloide. Pero la premisa de partida me parece demasiado frágil. En tal sentido, casi todo lo que Verdú exige a “su” modelo de novela no es parte del adn de la misma. Al menos en tanto que ya lo ha abordado el cine con mayor o menor fortuna.

Pese a quien le pese, sobre una pantalla hemos podido disfrutar de muestras evidentes de la fragmentación de las historias (con sus “anotaciones e intervalos mentales”) y de la pluralidad de hilos argumentales. Así basta recordar parte de la obra de Quentin Tarantino, Robert Altman, P.T. Anderson, Wong Kar Wai, cualquiera de las tres películas de González Iñárritu o varias de las de David Lynch.

También otros aspectos del genoma de la novela-Verdú, los hemos visto en el cine. Ahí están los argumentos vacíos de toda intriga de Muerte en Venecia o El séptimo sello, en los que el final se anuncia ya en su propio título o en sus primeros fotogramas. O la narración "en primera persona del singular", adentrándose en el resbaladizo terreno de la autoficción de la mano de autores como Truffaut, Bergman o Woody Allen. Los cuales, por cierto, han alcanzado resultados tan loables en ese terreno como los de Phillip Roth, Javier Marías o Pessoa. Así pues, en último término, la confusión/distinción entre ficción y realidad, o novela y cine, no parece obedecer más que a un simple engaño tan absurdo, al menos, como el provocador decálogo de Vicente Verdú.

Ahora ya desahogado, si me lo permiten, regreso a mi ficción.

domingo 9 de marzo de 2008

15. BARDAMU EN EL CINE




En el punto de mira de Pete Travis es un bodrio. Eso me recuerda que la oscuridad de una sala de cine no siempre es el espacio más adecuado para escapar de la realidad. Sí lo fue, sin embargo, para el narrador, y protagonista, de esa arrolladora odisea moderna que es Viaje al fin de la noche (la referencia homérica es un hurto a alguien durante una conversación de barra de bar). Pero, tal vez, no corran buenos tiempos para soñarse Bardamu. Demasiado grosero y falto de corrección política. Demasiado absurdo y demasiado patriotismo folclórico. Y, encima, hoy es día de elecciones.

lunes 3 de marzo de 2008

14. FLORENCE Y EDWARD




Chesil Beach es un libro que no llega a las doscientas páginas pero que contiene el aliento de la gran literatura. Ian McEwan vuelve a echar la vista atrás y nos regala una novela con dos personajes, Florence y Edward, magníficamente construidos, algo que no acostumbra abundar entre las novedades editoriales.Toda la acción transcurre durante la noche de bodas de los protagonistas y el nivel de detalle del autor británico es tal que su prosa llega a provocar sonrojo. Además, en Chesil Beach se contrapone, con maestría, el crucial momento en la vida de Florence y Edward con la sociedad inglesa que agoniza en el arranque de los años 60.

En ocasiones, nos cuesta ser conscientes de que la vida es poco más que una suma de pequeños instantes. Para recordárnoslo McEwan nos regala uno que es, ciertamente, conmovedor. Tal vez nadie antes había conseguido destilar, en un recipiente tan pequeño, la desoladora nostalgia de lo que nunca llega a ocurrir.

jueves 28 de febrero de 2008

Cine 2008. LA GUERRA DE CHARLIE WILSON (Mike Nichols)




En estos días de resaca, después de la inexplicable tómbola de los Oscars, no parece que la cartelera arroje muchas opciones interesantes. En esa línea, se sitúa la última película del casi nunca sorprendente Mike Nichols (El graduado, Closer…). Bien agarradito de la mano de Aaron Sorkin (creador de El ala oeste de la Casablanca), y con notable desgana, nos ofrece ahora la crónica de la “hazaña” de un pragmático congresista americano al servicio de intereses no siempre confesables. Son un acierto los ágiles diálogos y la relación entre el congresista (Tom Hanks) y su mecenas (Julia Roberts). Además nos permite intuir lo absurdas que pueden llegar a ser las motivaciones que impulsan las grandes decisiones políticas, y nos permite disfrutar de un agente de la CIA (Philip Seymour Hoffman) que se monta su propia película.

Lo dicho, para no tomársela demasiado en serio.


Calificación: **

jueves 21 de febrero de 2008

Cine 2008. THERE WILL BE BLOOD (Paul Thomas Anderson)



A partir de la adaptación de la novela de Upton Sinclair, uno de los más prometedores directores en activo ha rodado la vida del minero Daniel Plainview (Daniel Day Lewis) en la California de principios del siglo XX.

De soberbia realización, esta oscura película con vocación de clásico moderno ofrece una auténtica lección de dominio del lenguaje visual. Con ecos del cine de Stanley Kubrick, resulta un placer contemplar el arranque de la cinta prescindiendo con acierto de todo diálogo, los pausados movimientos de cámara, o la cuidada composición de los encuadres. Justamente al inicio es cuando se presenta una de las claves: la música compuesta por Jonny Greenwood (guitarrista de Radiohead). A la desasosegante, y a veces casi insoportable, banda sonora debe atribuirse gran parte de los elogios que pueda merecer el resultado final. El compositor no se limita a subrayar lo que el director ha puesto en imágenes sino que nos cuenta algo que, en más de una ocasión, los fotogramas mantienen oculto. El odio sigiloso que corroe a los personajes que habitan There will be blood se insinúa primero en la música atonal del británico y, sólo mas tarde, se hace evidente en las imágenes o en las palabras que se pronuncian.

De Daniel Day Lewis ya ha sido dicho casi todo. Aquí se muestra como un coloso construyendo la compleja evolución de un personaje y desbordando los límites de la interpretación en la explosión de emociones que cierra su actuación. Pero me resultan también estremecedores Paul Dano o Kevin J. O´Connor. Algo esperable cuando sabíamos que P.T. Anderson es un gran director de actores como había demostrado antes (Boogie Nights, Magnolia…) y nos recuerda ahora.

Pero lo que más me gusta de esta magna obra es el guión. Sobre todo a la hora de dibujar a los tres personajes centrales de la historia: el propio magnate Daniel Plainview, su hijo H.W. y el predicador al que da vida Paul Dano, a cada uno de los cuales la providencia les va asignando un doble que resultará revelador en sus vidas.

There will be blood, ya ha sido comparada con Ciudadano Kane o Gigante, con las que puede compartir coincidencias temáticas pero sobre todo, con la obra de Orson Welles, el gusto por el riesgo y por la búsqueda de un innovador lenguaje narrativo.

Como todas las películas llamadas a marcar una profunda huella en la historia del cine no satisfará a todos en un primer momento. Oiremos glosar los excesos de Daniel Day Lewis, lo pretencioso de la puesta en escena del autor o lo estridente y enfermizo de la música de Greenwood. Pero confío en que el tiempo, implacable, termine sumando adictos. El mismo tiempo que distribuirá la parte de gloria que a P.T. Anderson, Daniel Day Lewis y Jonny Greenwood les corresponde en la elaboración de esta sinfonía de odio para tres solistas desquiciados.


Calificación: ****