El menú podría haber tenido otras combinaciones pero, en cierta manera, se trataba de que no resultase indigesto. El innecesario experimento es el siguiente: someterme a una ración cuádruple de recientes películas sobre músicos y música que no venero (pero disfruto) y recoger las impresiones y emociones que me provocan, así como cualquier otra cuestión que pueda surgir. Esta es la primera parte.
SHINE A LIGHT (Martin Scorsese, 2007) es el documento visual, y sonoro, de la actuación de los Rolling Stones en el Beacon Theater de Nueva York durante su gira de 2006. Dirigiendo quien dirige no se puede decir que sorprenda el cuidado acabado formal. En tal sentido, debería de tenerse en cuenta que quienes lo escoltan como directores de fotografía u operadores de cámara son puro caviar (Robert Richardson, Robert Elswit, E. Lubezki...).
Podría discutirse, no obstante, la conveniencia de mantener en el montaje final algunas imágenes (la familia de Bill Clinton chupando cámara o un neurótico Scorsese antes del comienzo del concierto) o, incluso, la razón de ser de la propia película. Los dos aspectos pueden merecer una misma respuesta. Lo que parece preocupar al director de Shine a light es dar fe de la fidelidad de unos músicos a unas ideas y mostrar que, en ocasiones, resistirse a cambiar no es una forma conservadora de ver la vida sino un acto de rebeldía. Viendo la película uno tiene la impresión de que el trecho que, en más de cuarenta años, han recorrido los Rolling Stones es mucho menos que el trayecto hecho por su público. Ellos siguen haciendo lo que saben y que sean el resto quienes den explicaciones.
Por cierto, hay varios momentos memorables servidos por la mirada atenta del director. Me quedo con dos: la manera en que un entrañable Keith Richards da las gracias al público después de haberse atrevido a cantar y la enigmática mirada de Buddy Guy, con mucho el que más aporta de los tres artistas invitados.
Calificación: ***
-Shine a light en Tribeca sessions

CONTROL (A. Corbijn, 2007) es un sorprendente biopic (pendiente de estreno en España) de Ian Curtis, el malogrado líder de la banda británica Joy Division. Basada en la biografía que escribió su viuda, deja en su arranque un cierto aroma a adolescencia trasnochada. Sin embargo, el director logra justificar la película con una narración concisa y un sentido del ritmo que se ajusta perfectamente a la historia. La fórmula: secuencias cortas, diálogos ágiles y un acertado empleo de los silencios.
Por otro lado, el debutante Anton Corbijn es un reputado fotógrafo y conoce pefectamente la capacidad evocadora de una imagen. Así que no es de extrañar la facilidad con que se sirve de un poster de Lou Reed, un disco de Bowie o Iggy Pop, o una novela de J.G. Ballard, para ir construyendo la fotografía emocional de su retratado. Por lo demás, es loable la interpretación de Sam Riley capaz de trasladarnos el desasosiego que se apoderaba de Ian Curtis cuando se subía a un escenario.
Un último acierto es la contención del elemento dramático que late bajo la historia. La película nos descubre así que puede haber algo todavía más triste que un joven de veintitrés años que decide salirse del encuadre. Pero eso, si les apetece, les toca descubrirlo a ustedes.
Calificación: ****
-Control en Tribeca Sessions